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Guillermo de OCKAM


Guillermo de OCKAM

Representante de la última escolástica, junto a Duns Escoto, y figura principal del nominalismo, Guillermo nació en Ockam (Occam u Ockham), Inglaterra, en 1280/85. Ingresó en la orden franciscana y estudio en Oxford, aunque sin llegar a lograr el título de Maestro de Teología. A pesar de ello enseñó en Oxford y en Londres. Acusado de herejía, debió viajar en 1324 a Aviñón (Francia) para defenderse ante la curia papal, quedando bajo arresto domiciliario durante cuatro años. Por ese entonces se desató la disputa entre el emperador Luis de Baviera y el papa Juan XXII respecto de la primacía del poder estatal sobre el eclesial. Guillermo de Ockam huyó a Pisa, tomó partido por el emperador y escribió sobre temas políticos defendiendo su postura. Pasó luego a Múnich (sur de Alemania) donde, habiendo sido excomulgado por el papa Juan XXII, murió (1349) mientras se hallaba intentando lograr la reconciliación con el papado, ahora a cargo de Clemente VI.

Dice Gilson que “el estudio de Guillermo de Ockam permite comprobar un hecho histórico de capital importancia y que se desconoce constantemente: la crítica interna llevada contra sí misma por lo que se ha dado en llamar -con un término bastante vago- la Filosofía Escolástica, ha provocado su ruina mucho antes de que la Filosofía Moderna llegase a constituirse”. Kant dice que la lectura de Hume lo despertó de su “sueño dogmático”, pero podemos afirmar que la campanilla de ese despertador venía sonando ya desde el siglo XIII.

Aplica el criterio de economía del pensamiento, según el cual no hay que multiplicar los seres sin necesidad; y lo hace de un modo tan estricto y extremo que se suele hablar de él como de “La Navaja de Ockam”. Considera innecesarios, y por tanto inaceptables, conceptos tales como “abstracción” o “forma” para describir y explicar el conocimiento. Conocemos intuitivamente lo individual (desarrolla su Teoría del Conocimiento en el prólogo al Libro I de las Sentencias). No niega el conocimiento abstracto, que versa sobre relaciones de ideas, pero afirma que sólo el conocimiento intuitivo versa sobre la existencia. Por ello, si queremos conocer las existencias, el único camino es el conocimiento sensible. Además, el conocimiento abstracto se basa en el intuitivo y, mediante una generalización del conocimiento particular, formula sus proposiciones universales prescindiendo de la existencia de los individuos concretos.

Dice Gilson, comparando la Teoría del Conocimiento de Ockam con la de Tomás: “En una doctrina como el tomismo, la Ciencia versa sobre lo general; es, pues, necesario que la concepción del Universo, a quien dicha doctrina se vincula, le reconozca una cierta realidad, y es preciso, además, que provea al hombre de los instrumentos necesarios para que pueda apoderarse de esa realidad. Pero desde el punto de vista en que Ockam se sitúa, lo que se trata de alcanzar ante todo no es ya la ciencia de lo general, sino la evidencia de lo particular. Para impedir que la razón se asigne lo abstracto como objeto propio, será preciso, por tanto, establecer que el universal carece de realidad y atribuir a la inteligencia las facultades necesarias y suficientes para que sea capaz de aprehender lo particular.”

Lo universal sólo existe en el pensamiento. Lo real es siempre particular. No admite Ockam que el universal se encuentre en la cosa concreta, porque si se reflexiona esta afirmación termina mostrándose absurda: o el universal es uno, y no se entiende cómo se multiplica en tantos individuos, o se halla multiplicado en las cosas y no se comprende cómo sigue siendo uno.

El saber está compuesto de proposiciones y éstas, a su vez, de signos o términos que pueden ser hablados (prolatus), escritos (scriptus) o pensados (intentio). El concepto es el signo pensado y es por naturaleza universal. Cada término significa un objeto, lo sustituye o representa en la proposición. Esta referencia a objetos individuales da al término su significado. A este “hacer las veces de” lo llama Ockam supossitio. Hay tres clases de supossitio: material, el término se refiere a sí mismo («hombre es una palabra»); personal, el término ocupa el lugar de un individuo («el hombre come»); simple, el término significa algo común a muchos individuos («el hombre es una especie»).

Siendo que Ockam no reconoce en las cosas ninguna naturaleza común, se plantea el problema de cómo el pensamiento forma los conceptos universales. La única realidad son los individuos, y la supossitio personal halla su fundamento en ellos. Pero cómo explicar la supossitio simple si se niega realidad al universal. Los conceptos agrupan a los individuos en cuanto estos concuerdan según lo que cada uno es individualmente y los designan de un modo confuso, que no permite distinguirlos entre sí. Esta doctrina suele denominarse “nominalismo”. Gilson dice que esta designación es correcta a condición de “no olvidar que los nombres de que Ockam habla tienen siempre, en su pensamiento, una cierta significación”.

Guillermo de Ockam es poco optimista respecto de la capacidad de la Filosofía para demostrar verdades metafísicas. Acepta que la Teología realice afirmaciones sobre la base de la autoridad de la Revelación pero no considera que éstas (que Dios es uno y creador y que el alma es inmortal, por ejemplo) deban o puedan demostrarse filosóficamente. Lo que la razón sí puede hacer es mostrarlas como posibles y no contradictorias e incluso como probables, pero no demostrarlas.

En coherencia con su teoría del conocimiento intuitivo de lo individual, rechaza las demostraciones de la existencia de Dios. No siendo Dios conocido intuitivamente, no queda sino creer en él. Tampoco puede sostenerse la existencia de un alma sustancial e inmaterial. Es cierto que por la intuición interna conocemos el gozo, la tristeza, nuestros actos voluntarios y nuestros razonamientos, pero no podemos elevarnos más allá de ellos. Ni la razón ni la experiencia interna o externa nos garantizan la existencia de un alma inmortal, ni tan siquiera la de un alma inmaterial.

En cuanto a los preceptos morales, Guillermo de Ockam, queriendo liberar al Dios cristiano de las cadenas de la necesidad a las que lo sometían las filosofías greco-árabes (Avicena y Averroes), sostiene que no se fundan en una necesidad sino en la voluntad de Dios. En ello sigue a Duns Escoto, extremando su postura. Si Dios lo hubiese querido así, incluso odiarlo habría sido bueno. Dice Gilson que: “Desde el momento en que suprimimos radicalmente las esencias y los arquetipos universales, ya no queda ninguna barrera que pueda contener la arbitrariedad del poder divino.” Y si hemos de concederle al menos un porcentaje de razón a Feuerbach cuando afirma que la Teología es un momento de la Antropología, no nos debe extrañar que este hombre, que entiende a Dios como un ser todopoderoso y arbitrario, termine con el tiempo siendo él (o pretendiendo ser) todopoderoso y arbitrario y negando todo límite que no sea el de su propia capacidad y posibilidad.

Ockam entiendía al Universo como radicalmente contingente. No estando el obrar de Dios limitado o regido por idea o necesidad inteligible alguna, el mundo es como es sólo porque Dios así lo quiere. Si a su empirismo radical le sumamos su concepción del mundo como Creación de un Dios abierto a toda posibilidad de hecho, en el que poco valor retienen las deducciones apriorísticas, podremos afirmar que Ockam preparó el terreno para el desarrollo de la Ciencia moderna, basada en la observación.

   

N. del E.: En el artículo titulado “Corrientes filosóficas” se hace referencia a Ockam en el apartado “Corrientes gnoseológicas”.

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